El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) acaba de publicar la cuarta edición de su informe State of Finance for Nature 2026, y el diagnóstico es desolador: mientras el mundo invierte 220,000 millones de dólares anuales en soluciones basadas en la naturaleza, la maquinaria económica global destina 7.3 billones a actividades que la destruye.
La proporción es de 30 a 1. Treinta dólares que matan el Planeta por cada uno que intenta salvarlo. Esto no es un desajuste: es una declaración de los intereses y prioridades del sistema político económico.
El costo de la guerra contra la naturaleza
El informe desglosa esta cifra con claridad: 2.4 billones en subvenciones públicas ambientalmente dañinas —combustibles fósiles (1.13 billones), agricultura industrial (0.41) y agua (0.40)— y 4.9 billones de capital privado canalizado hacia sectores como servicios públicos, industria, energía y materiales básicos.
Es el mismo capital que luego lava su conciencia con bonos verdes y fondos de biodiversidad, mientras sigue financiando la extinción. La hipocresía alcanza cuotas grotescas cuando el informe revela que las inversiones privadas en soluciones basadas en la naturaleza apenas alcanzan los 23,400 millones, el 11% del total.
El grueso lo pone el dinero público —190,000 millones en gasto doméstico y 6,800 en ayuda internacional. Los datos del informe muestran que, hasta ahora, el mercado privado tiene un papel marginal en estas inversiones.
Pero el PNUMA no se limita a constatar el desastre. Propone un marco para lo que denomina el Gran Giro hacia la Naturaleza (Big Nature Turnaround). La Curva de Transición de la Naturaleza es su hoja de ruta: un doble movimiento de fases —eliminar progresivamente las finanzas negativas para la naturaleza mientras se amplían las inversiones en soluciones basadas en ecosistemas.
Suena bien sobre el papel, pero choca con el muro de los grandes intereses creados.
El informe advierte que, para cumplir los objetivos de los Convenios de Río, la inversión en soluciones basadas en la naturaleza debe aumentar más de dos veces y media hasta 2030, hasta los 571,000 millones de dólares.
Al mismo tiempo, los flujos dañinos deben ser eliminados y redirigidos. Hay que desmontar el motor del capitalismo extractivista y reconstruirlo sobre bases ecológicas. Una tarea colosal que exige liderazgo político determinado, reformas fiscales y, sobre todo, una valentía que escasea en las cúpulas del poder.
Colombia: el casi ganador de la guerra contra la naturaleza
El informe dedica un capítulo entero a Colombia, uno de los países más biodiversos del mundo, donde el gasto público en soluciones basadas en la naturaleza creció un 23% entre 2020 y 2023, hasta los 1,500 millones de dólares.
Pero, aun así, las subvenciones a combustibles fósiles (7,500 millones) y agricultura (2,500) superan con creces esa cifra. La conclusión es implacable: sin reforma de los subsidios, sin eliminación de los incentivos perversos, cualquier inversión verde es un parcho mediocre en un barco que se hunde.
El informe termina con una pregunta incómoda: ¿qué sociedad queremos construir? Si seguimos en esta ruta, el colapso ecológico no es si va a pasar, es cuándo. El tiempo se acaba y los números no mienten. La deuda es con la naturaleza. Nos toca actuar, ahora.