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Huerto agroecológico | Kampus Production, Pexels

Un Fideicomiso Comunitario Agroecológico: una manera de estar a la deriva en el tiempo

A principios de este año celebramos el primer encuentro de fiduciarios y fideicomisarios del Fideicomiso para la Agroecología. Durante este encuentro comimos, compartimos, jugamos, soñamos, reímos y también lloramos un poco. 

El objetivo del encuentro era conocernos mejor, entre todas, y continuar alineando nuestros principios y valores: la tierra como guía y la gente que la cuida, custodia y rehabilita como los expertos que indican hacia dónde movernos.

El encuentro fue mucho más de lo que esperábamos y, para mí, fue, de repente, como estar “a la deriva en el tiempo”. Fue dejar de vivir el pasado, presente y futuro de manera cronológica y comenzar a vivirlo todo a la vez y en hermoso desorden.

El Fideicomiso Agroecológico es una idea que nace de las necesidades de la gente: pasar el batón generacional, proteger la tierra del desarrollo, hacer comunidad frente al desplazamiento, proteger nuestros ecosistemas. 

Aspiramos a volver a aprender a vivir en armonía con la naturaleza, a producir y a tener acceso saludable a la producción de nuestra región, y a mejorar el acceso a las tierras que viabilizan todo esto, con hogares seguros.

La reunión comenzó en un espacio donado al Fideicomiso por un estadounidense que, reconociendo que se benefició de la situación colonial de Puerto Rico al comprar la tierra, expresó su deseo de devolverla a manos puertorriqueñas. 

Su proyecto es completamente autosuficiente, con diseño y construcción adecuados a nuestro clima y riesgos particulares (terremotos, por ejemplo). Veo su historia como una continuidad al recibirnos la nueva generación que se va a entrenar para asumir el espacio. 

Una pareja que regresa de la diáspora boricua, hijos de una generación que, en un momento difícil, tomó la decisión más fuerte que podamos asumir: abandonar nuestra tierra, familia, comunidad y el futuro soñado por una alternativa que quizás sea mejor. 

Ahora, gracias al acto de Bill, los hijos de la diáspora tienen la oportunidad y el espacio para volver a su tierra.

Entra Magha, una maestra, mentora y sabia del movimiento agroecológico, quien saluda a Bill efusivamente y, hablando/celebrando en su saludo, ¡cómo, por fin, luego de décadas de lucha por acceso, justicia y seguridad, lo han logrado! 

Y les veo, veo a estas dos personas mayores, pero también les veo en su juventud, con la espalda un poco más recta, menos canas, más rapidez en sus movimientos, y les veo en las generaciones que tanto hemos y habrán de aprender de ellos. Sigo a la deriva en el tiempo, todo pasando como si fueran hologramas/alucinaciones a la vez y en desorden.

Entran las crías de las personas en el fideicomiso que, luego de encontrar canicas y verse en el centro de atención, no quieren irse del espacio, pues aún hay mucho que jugar y gente con quien jugar. 

Y sueño con verles ya grandes, mi espalda no tan recta, mi pelo lleno de canas, verles cuidando la tierra, cuidándose y cuidándonos. Veo la posibilidad y la esperanza en sus gritos y risas de emoción.

Bruje habla, con su acento de diáspora mexicana y fronteriza, que no es lo mismo, y siento todo el Caribe retumbar, las tierras de nuestra América Latina que por tantos años han sido saqueadas y explotadas, recibir un poco de bálsamo al proveer este pedazo de Caribe un hogar para su cría. 

De quienes, en la más terrible expresión del sistema político-económico que vivimos, fueron expulsados de sus tierras ancestrales para sobrevivir en tiestos, y ahora, por fin, son libres para echar raíz.

Siento las voces de mi generación, por primera vez teniendo seguridad en su espacio, creando una comunidad más amplia. Reaprendiendo su tierra y la manera de relacionarse con ella y entre nosotras, rechazando el yo para asumir el nosotres. 

Y escucho en una reunión anterior a un agricultor decir que ha ido cambiando su visión de “mi finca” a “nuestras tierras” y pienso en cuán poderosos somos al crear una alternativa para, más allá de sobrevivir, vivir en plenitud fuera de tiempo, pues le apostamos a la esperanza. 

Y a la vez, el fideicomiso nos permite vivir en esa esperanza, viendo sin ver lo que podemos lograr juntas. Viviendo fuera de tiempo, trabajando con certeza por los futuros más justos posibles para todas.

Katia Aviles Vazquez

Katia Aviles Vazquez

Autor

A lo largo de su trabajo académico, profesional y comunitario, Katia Avilés integra la lucha ambiental, participación comunitaria, y la investigación de la practica agroecológica. Ha ocupado posiciones clave en gestión ambiental y desarrollo comunitario, incluyendo la directora ejecutiva de la Oficina del Bosque Modelo de Puerto Rico y la coordinadora de asuntos ambientales en el Proyecto ENLACE del Caño Martín Peña, donde lideró procesos de cumplimiento ambiental, educación comunitaria, investigación aplicada y gestión de fondos. Su experiencia en diseño, redacción y administración de subvenciones ha resultado en la movilización de decenas de millones de dólares para proyectos comunitarios, ambientales y agroecológicos, incluyendo más de $5 millones para iniciativas del IALA-PR y más de $40 millones en proyectos vinculados al Caño Martín Peña.