Papá sonríe y trata de consolarme mamá tira la foto y seguro fue en mi auxilio. Ocurrió en la Bahía de Boquerón estábamos vacacionando y recién llegados el primer día me fui a nadar. Tendría 4 a 5 años Abrí los ojos en el agua salada que hacía ascuas mis ojos y ahí estaba la maravilla: peces, algas. Otra vida que nunca había visto. Y de repente una hélice en mi frente. Alguien dejó un bote imprudente cerca de la orilla. Lloré al salir. El dolor en la frente agudo. Y el paisaje que aún veo. Los Pozos ahora. Peñones de Melones. Nada. Solo tierra y colinas besando el mar más calmo. Y yo con aquel dolor y palpitación en la frente. Recuerdo a papá. No se cómo. El Guerrillero Invencible. Así lo llevo. Dándome un consejo que me repetiría toda la vida: “tienes que cuidarte. Tienes que prestar atención. Tú, siempre”. Ahora salgo al balcón y no hay mar. Los autos pasan como olas súbitas y no se escucha ni el rumor de alguna palma. Pero en mi memoria aquella vista. Su vastedad. Su nada. Verde. Azul. Extensa. Por siempre.