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Laguna Cartagena en el oeste del Valle de Lajas, Cabo Rojo, Puerto Rico. Foto: Alexander Avila, U.S. Geological Survey. Public domain.

Agua salobre y desarrollo fallido: la crónica tóxica del Valle de Lajas que el USGS documentó

La geografía del Valle de Lajas es un engaño óptico. Desde la Sierra Bermeja, el valle parece un oasis de fertilidad plana atrapado entre montañas.

Pero bajo esa costra de arcilla y caña de azúcar retirada, fluye una verdad incómoda: un acuífero envenenado por la sal, maltratado por la mala planificación y condenado al olvido por un modelo de desarrollo que prefirió traer agua de otro valle antes que sanar el propio.

Dos informes del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés), publicados en 1977 y 1991, narran la historia de un crimen hidrogeológico. Marea Ecologista accedió a los documentos originales para trazar la línea entre el pasado agrícola y el presente de crisis climática que enfrenta la región.

La trampa de la arcilla y el mar atrapado

El primer informe, firmado por H.R. Anderson en 1977, no da lugar a sutilezas. El agua subterránea del valle es salobre. Punto. Con un promedio de 500 miligramos por litro de sólidos disueltos, el líquido que corre bajo los suelos de Lajas es un cóctel de bicarbonato de sodio y cloruro de sodio.

La hipótesis de Anderson es tan lógica como desoladora: es agua de mar residual, atrapada en los acuíferos durante milenios, concentrada aún más por una evaporación brutal. Se trata de un valle donde la evaporación en bandeja alcanzaba las 76 pulgadas anuales, mientras que la lluvia apenas aportaba 34.

Un déficit hídrico estructural

A esto se sumó la intervención humana más torpe: antes de 1955, los agricultores regaban la caña de azúcar con esa agua salobre subterránea. El resultado fue una sodificación catastrófica de los suelos. Anderson documentó que se regaba con una relación sodio/calcio de 3.7 a 1, cuando la caña exigía exactamente lo contrario (calcio/sodio 15 a 1).

Fue un suicidio agrícola.

Antes de 1955, los agricultores regaban la caña de azúcar con agua salobre subterránea. El resultado fue una sodificación catastrófica de los suelos. Foto: USGS. https://www.sciencebase.gov/catalog/item/5ab2bcaee4b081f61ab461dc

Artesianismo artificial y soluciones parche

El informe de 1977 describe un fenómeno hidrológico inquietante: las condiciones artesanales en la parte oriental del valle no son del todo naturales.

La introducción masiva de agua dulce desde el embalse Lago Loco —una transferencia intracuenca desde el Valle de Guánica— elevó los gradientes hidráulicos. El agua, atrapada bajo capas de arcilla, busca escapar hacia arriba. El resultado fue el encharcamiento crónico de los suelos.

Para resolver el problema del agua encharcada que pudría las raíces, se instaló una red caótica de molinos de viento y pozos de alivio para extraer el agua subterránea y desecharla en canales de drenaje. Una solución que perpetuaba el desbalance hídrico.

El modelo que Anderson construyó para la mitad oriental del valle fue un grito de advertencia: la descarga artificial mediante pozos era necesaria para evitar el colapso de los suelos. Pero esa agua, cargada de sales, iba a parar a la Bahía de Boquerón o a la Bahía de Guánica. El problema no se resolvía; se exportaba al ecosistema marino.

La expedición profunda de Graves

Catorce años después, en 1991, el USGS regresó al valle con el geólogo Robert P. Graves al mando. La premisa era clara: el desarrollo industrial planeado por el gobierno requería agua dulce. El acuífero aluvial estaba subutilizado por su alta salinidad, pero se sospechaba que en las profundidades, bajo los sedimentos, podría existir un tesoro hídrico en las calizas enterradas.

La investigación fue una gran obra de ingeniería. Se perforaron pozos de prueba a profundidades de hasta 856 pies mediante el método de tubo dual, que permitía extraer núcleos de roca continua mientras se monitoreaba la calidad del agua en tiempo real.

Pero lo que encontraron bajo el aluvión fue una roca sedimentaria masiva —caliza del Cretácico y Terciario— con espesores de hasta 850 pies. El ansiado tesoro resultó ser un espejismo.

Valle de Lajas. Tom Vazquez en English Wikipedia

A esas profundidades, los rendimientos de los pozos se desplomaban a unos modestos 200 galones por minuto, muy lejos de los 2,000 galones que Anderson reportó en los sectores cársticos del noroeste. Peor aún: las concentraciones de cloruro en la roca consolidada oscilaban entre 100 y 2,100 miligramos por litro.

En el acuífero aluvial, la pesadilla química se intensificó. Graves encontró pozos con concentraciones de cloruro superiores a 5,000 mg/L, junto con hierro y manganeso disparados. Los estándares de agua potable de la EPA son papel mojado en el subsuelo de Lajas.

La subutilización como condena

El dato más lapidario del informe de Graves es la justificación de su existencia. El acuífero de Lajas estaba abandonado no por vacío, sino por veneno.

El suministro de agua dulce para los pueblos dependía del acueducto de Lago Loco. El desarrollo industrial proyectado —a cargo de PRIDCO y el Departamento de Agricultura— requería un caudal adicional de 9,200 acres-pie por mes.

Valle de Lajas. Foto: Ricardo Alcaraz, Diálogo.

Un caudal que el agua superficial no podía dar y que el agua subterránea, en su estado actual, se negaba a conceder. La narrativa oficial de los años 90 fue buscar agua dulce subterránea como complemento.

Pero los informes del USGS ya habían demostrado el intríngulis: la sobreexplotación histórica y la conexión hidráulica con el mar condenaban cualquier intento de extracción masiva. La intrusión salina no era una amenaza futura; es el nivel inicial histórico del sistema hídrico.

Referencias

Anderson, H.R. (1977). Ground water in the Lajas Valley, Puerto Rico. U.S. Geological Survey Water-Resources Investigations Report 76-68.

Graves, R.P. (1991). Ground-water resources in Lajas Valley, Puerto Rico. U.S. Geological Survey Water-Resources Investigations Report 89-4182.

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Marcos Pérez Ramírez

Marcos Pérez Ramírez

Autor

Periodista y editor fundador