La inteligencia artificial es una revolución tecnológica innegable, pero ¿a qué precio? Un reciente informe del Instituto de la ONU para el Agua, Medio Ambiente y Salud (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) revela lo que las grandes tecnológicas prefieren ocultar: detrás de cada consulta a ChatGPT o imagen generada por DALL-E hay un rastro de carbono, agua y tierra que amenaza con agotar los ecosistemas del planeta.
Los números son preocupantes. Solo en 2025, los centros de datos que alimentan la IA consumieron 448 TWh de electricidad. Para que nos hagamos una idea: si fueran un país, serían el undécimo mayor consumidor del mundo. Y la tendencia es imparable: para 2030, el informe proyecta que duplicaremos esa cifra hasta los 945 TWh, suficiente para abastecer a toda África Subsahariana durante cinco años y medio.
Pero el costo no es solo energético. La huella hídrica de la IA es alarmante. Los centros de datos, que requieren enormes cantidades de agua para refrigeración, consumieron 4.5 billones de litros en 2025. Esta cifra se disparará hasta los 9.3 billones para finales de esta década. Para contextualizar: solo entrenar GPT-4 necesitó 600 millones de litros, el equivalente a 237 piscinas olímpicas.
El informe revela además una geografía injusta. Estados Unidos concentra la mitad de los centros de datos mundiales, mientras que más de 150 países carecen de infraestructura propia. Esta desigualdad no es casual. El 90% de la capacidad de cómputo especializada se concentra en dos países. El Sur Global paga con ecursos naturales —agua, tierra y minerales— las innovaciones que benefician principalmente al Norte Global.
La fase de “inferencia” —o el uso cotidiano de la IA— supone entre el 80% y 90% del consumo energético total. Una simple imagen generada por IA consume 60 veces más energía que una respuesta de texto, y un vídeo corto puede llegar a multiplicar esa cifra por 200,000 en comparación con un filtro de spam. Cada consulta, por pequeña que parezca, se suma a un impacto descomunal.
El informe propone seis principios para una IA responsable: transparencia, eficiencia, equidad, responsabilidad del ciclo de vida, cooperación global y uso sostenible. Pero mientras las tecnológicas sigan priorizando el beneficio inmediato, estas recomendaciones corren el riesgo de quedarse en papel. La IA no es “solo código”, como recuerdan los autores del informe, es también hormigón, cobre, litio y agua. Y su costo ecológico es demasiado alto para seguir mirando hacia otro lado.